BJJ, pensamientos, descubrimientos, investigaciones. No tengo idea, sólo escribo porque me ayuda a olvidar y después recordar. Inmortalizar momentos, si es posible.

El lujo de intentar.

Un lujo que pocos pueden permitirse. Algo accesible solo para un grupo específico de personas, de cierta edad, con cierto estatus social y económico. Y que no deberían dar por sentado.

Durante una conversación con la novia de mi entrenador, hablando sobre mi futuro, dijo unas palabras que todavía resuenan en mí.

Íbamos rumbo a un campamento de tres días de puro Jiu Jitsu en el sur de Francia —en Niza, para ser exactos—, pero antes pasamos por una ciudad llamada Imperia, aún dentro de Italia. Andrea, mi entrenador, tenía que dar algunas clases allí.

Después de un viaje rápido pero agotador, llegamos.

Me desperté antes de que alguien me avisara. Tenía la espalda encorvada y el cuello algo adolorido.

Salimos del auto. Andrea abrió la cajuela. Yo saqué mi mochila.

Era un gimnasio agradable: pesas de goma, bicicletas de aire, remo, una estructura sólida para ejercicios, bandas elásticas de distintos colores e intensidades. Mientras miraba el lugar, saludé a todos y, justo cuando estaba por cambiarme, escuché:

—Espérenme aquí… es que no son grupales.
—¿Las clases? —pregunté.
—Sí, son privadas. Termino rápido.

No había mucho espacio para esperar, salvo una banca pequeña al costado del basurero.

Me senté en la corredora y me puse a leer un poco de Dune.

Después de unos minutos —no recuerdo cómo— empecé a hablar con Ceci, la novia de Andrea. Entre temas que cambiaban de forma natural, llegamos a esa conversación clásica entre los 19 y los 22 años:

—¿Y qué vas a hacer?
—¿Con mi vida?
—Sí.

Le conté mis planes: conseguir clientes para mi negocio y con eso financiar mi carrera como atleta. Pero también sentí la confianza de decirle lo que realmente sentía, algo que pocas veces expreso con tanta claridad:

—Siento que pienso demasiado, todo el tiempo, sin necesidad.
—¿Pero en qué piensas?
—En todo. Sé que no está bien, pero no puedo disfrutar.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé… pero si hay algo que rescatar es que, en el último viaje, me sentí feliz. Y me di cuenta de que no me había sentido así desde que llegué a Italia.
—¿Cómo?
—Desde que llegué, incluso cuando mi exnovia estaba aquí, puedo pasar un buen rato, pero al final sentía lo mismo que uno siente cuando se acerca el día de pagar una deuda enorme. Ese nudo en el cuello que aparece sin motivo. Acompañado de una sensación vacía. No diría tristeza, diría abandono.
Me sentía encerrado en mí mismo. No quería hacer nada. Dormía más de doce horas. Sentía una extrañeza del mundo cada vez que salía a tomar el tren, como si no perteneciera.
Y recién ahora me doy cuenta de que todo eso desapareció.
Ahora siento que estoy viviendo —dije con una sonrisa leve, mientras miraba a la gente caminar por la calle, detrás de la puerta.

—Puedes hacer lo que quieras.
—¿Cómo?
—No exactamente todo, pero puedes intentarlo. Si te equivocas, puedes volver a intentar. ¡Eres joven! —me dijo, con un tono firme, como si me advirtiera.

Pasaron unos segundos.

—Puedes hacer lo que quieras.

—A veces me gustaría salir de casa. Siento que necesito vivir solo para volverme responsable.

Y ahí fue cuando dijo dos palabras que siguen repitiéndose en mi cabeza:

“Ma provi.”
(“Pero prueba”, en italiano.)

Me quedé en silencio, aún mirando a la gente detrás de la puerta.

Creo que en ese momento recordé que intentar hacer lo que uno desea es un lujo. Un lujo que pocos tienen y que muchos ni siquiera pueden imaginar.

Escribo esto para recordar: tengo la suerte de poder decidir por mí.

Si quiero vivir en Milán y ser comediante, puedo tomar el tren más barato, buscar un trabajo, y empezar desde ahí.

Quizás no lo logre, pero no me quedaré con la duda.
No habrá un “¿Y si…?”.

Estas cosas son frases que escuchamos todo el tiempo. Pero cuando las repites lo suficiente, recién entonces empiezan a hacerte reflexionar.

Y creo que todo empieza por definir tu identidad.

No eres tu trabajo. No eres lo que haces.
La idea del “yo” es tan amplia que nunca podrás definirla por completo. Porque, en cuanto lo hagas, aparecerá algo capaz de deconstruirlo.

Por ahora soy un atleta y trabajo por mi cuenta. Pero no soy solo eso.
No soy solo el que se despierta, toma el tren, entrena, trabaja, vuelve a casa con su madre, y entrena de nuevo.

Soy alguien que también quiere viajar, que quiere hacer música, tomar fotos, grabar videos. Alguien que quiere encontrar conocimiento donde sea posible, alguien que quiere hablar, que le gustaría saber lo que opinan los demás de sus propias vidas.

Si quiero vivir solo, puedo intentarlo.
Debería intentarlo.
Si quiero empezar a hacer música, puedo intentarlo.
Si quiero empezar a hablar con desconocidos, puedo intentarlo.
Si quiero ser atleta, puedo intentarlo.
Porque tengo la suerte de poder hacer eso, intentar.
¿Y si no resulta?
No hay problema, estoy seguro que encontraré algo más que querer, algo más que hacer.

Y creo que a muchos les falta esa oportunidad.

No la desaproveches.


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